Los hechos
1. En el Diario Austral de Valdivia
del 29 de octubre de 2002, en el cuerpo A3, aparece un artículo de opinión
titulado “La Academia y lo femenino”, firmado por Fempress, organización feminista
de carácter internacional, que reprocha a la Academia no haber incluido entre
las 12 mil nuevas acepciones y vocablos de la última edición de su diccionario
las palabras y formas de lenguaje generadas por el “movimiento de las mujeres”,
y que siga definiendo abogada médica, ministra respectivamente como
mujer del abogado, del médico o del ministro (sic), ignorando los cambios
sociales. Por esto caracteriza al español como “una lengua con una carga de
más de mil años de patriarcado que impregna de menosprecio a las mujeres y
lo femenino”, y que hay que modificar, afirmando que “la lengua es a la vez
efecto y causa de cambios sociales”.
2. En un libro de texto para tercer año de
Enseñanza Media, de uso en nuestro medio, editado en Madrid y titulado Lengua
castellana y comunicación, en la versión para el profesor los autores
dan una serie de instrucciones encaminadas a combatir el sexismo en el lenguaje,
considerado como “otra forma de contribuir a forjar una visión estereotipada
de mujeres y hombres”. Para ello proponen al profesor una “Guía de autoevaluación
sobre discriminación en el aula”, indicando con-cretamente alternativas para
evitar la discriminación como, por ejemplo, eliminar la palabra señorita
por ser despectiva o imponer el uso de médica junto a médico,
sin atender a otras consideraciones, y dan muestras concretas acerca de cómo
corregir el sexismo en el lenguaje contrariocuando escriben: “Este apartado
no se ha incluido en el texto del/de la alumno/a por lo que debe expresarlo
el/la profesor/a”(96), o “El/la profesor/a puede explicárselos
o entregar a los/las alumnos/as la página fotocopiada” (62; la cursiva
es mía).
3. En
documentos oficiales de instituciones como la Universidad Austral de Chile
ya aparecen expresiones como “Con nosotros y nosotras está la sociedad
del conocimiento”; “En estos últimos tres meses hemos estado abocados y
abocadas a diferentes aspectos...”; “...lo que tiene que ver con las solicitudes
de alumnos y alumnas regulares” (la cursiva es mía), que coexisten
con otras expresiones canónicas como “la necesidad de captación de alumnos
con altos puntajes...” o “mediante el trabajo permanente con profesores y
alumnos...”.
Características del fenómeno
Este fenómeno no se emparienta con las innovaciones
de la jerga juvenil que el público general tiene oportunidad de conocer cada
cierto tiempo a través de la prensa escrita, variedad espontánea que no tiene
otra pretensión que su uso como lengua especial. Más bien se relaciona con
las desafortunadas intervenciones por televisión de un profesor de castellano
que pretendía que todos habláramos de una sola manera, y a partir del modelo
del diccionario académico. Se trata de un discurso no espontáneo, dirigido
a interpelar al lector o auditor con la intención de hacerle cambiar sus hábitos
y actitudes lingüísticos.
Orígenes
Los ejemplos
que he citado al comienzo ya están siendo incorporados en el lenguaje de uso
cotidiano, más en el escrito que en el oral, de unos que se niegan a aceptar
los prejuicios sexistas en el idioma, y de otros que no quieren aparecer como
insensibles frente a las cada vez más fuertes reivindicaciones de la mujer,
una de las cuales es la campaña feminista contra el uso discriminatorio del
idioma por razones de sexo. En rigor, son los efectos de una campaña contra
el uso sexista del idioma, que ha repercutido en Chile con un retraso de alrededor
de 40 años. En efecto, en los años sesenta surge en este último país el movimiento
feminista, estimulado por el movimiento de los derechos civiles de los afro-americanos
y de los pacifistas contra la guerra de Vietnam, que se producen en la misma
época.
El movimiento
feminista buscaba no sólo el acceso igualitario al empleo y la obtención del
mismo salario por el mismo trabajo; su objetivo era la liberación de la mujer
de las limitaciones que gratuitamente les imponía y les sigue imponiendo la
sociedad, y como el género es un componente primordial de la identidad sobre
el cual se organiza la vida social, buscaron la eliminación de los prejuicios
sociales.
Ahora bien, como el comportamiento verbal sirve
de medio fundamental de socialización, el movimiento feminista piensa que
el uso del idioma fomenta los estereotipos sexuales, por lo que se propusieron
rechazar todos los usos discriminatorios fundados en las diferencias de sexo
que revelaba el idioma.
Mecanismos sexistas del idioma
Las lenguas
cuentan con varios mecanismos sexistas, de los cuales dos parecen ser los
más utilizados en español: el género gramatical y el sustantivo genérico o
“neutro”.
En relación
con el género gramatical, dado el marcado androcentrismo de nuestras sociedades,
no es difícil encontrar en cualquier lengua ejemplos de palabras que denotan
depreciación e incluso ofensa hacia la mujer, así como otras referentes a
ocupaciones que sólo aceptan la forma masculina. En español son ejemplos de
las primeras las palabras galante, fulana o zorra, con valor
de ‘licenciosa’ o ‘prostituta’ al aplicarse a la mujer, significado que estos
términos no tienen cuando se aplican al hombre. Un valor secundario peyorativo
han venido desarrollando también entre nosotros palabras como la suegra,
la tía, la jefa o la socia, uso sexista inexistente con las corres-pondientes
formas masculinas.
Entre
las segundas, podemos mencionar las voces químico, físico, político, músico,
(el) policía, que no aceptan la forma femenina para designar a las
profesionales mujeres, como si éstas no existieran para la sociedad, porque
la forma femenina ya ha sido seleccionada para referirse a la actividad en
sí.
En cuanto al sustantivo masculino usado con
valor genérico o neutro, es decir, sin oposición al femenino, se discute que
esta forma incluya el valor femenino, por lo que contribuiría a la discriminación
sexual, ya que en una expresión como “Estimados amigos, compañeros,
Centro de Padres o Cuerpo de Bomberos”, no se estaría haciendo
referencia a la mujer, sino sólo a los hombres. Lo mismo acontecería cuando
la forma masculina es usada en singular, como en “Origen del hombre americano”, pero para ser con-secuentes habría que rechazar también expresiones
como “el gato es una mascota” o “el tigre es un animal de presa”,
que tienen referentes no humanos. A este fenómeno se lo ha dado en llamar
genérico androcéntrico.
Soluciones propuestas por el feminismo
En su
propósito de evitar los prejuicios sexuales en el idioma, la campaña feminista
en Estados Unidos llegó hasta interrumpir a los oradores para evidenciarles
su uso discriminatorio del idioma e, incluso, presionar a las asociaciones
profesionales a las que pertenecían para que adoptaran el uso no sexista en
sus manuales de publicación.
Pero,
limitándonos al lenguaje propiamente tal, tres parecen ser los caminos que
han utilizado como solución al prejuicio sexista:
a) prescindir
de las formas femeninas discriminatorias, como fulana o tipa,
por ejemplo,
b) incorporar
en el discurso siempre las formas femeninas junto a las masculinas: alumnos
y alumnas, hermanos y hermanas, por ejemplo, y
c) remplazar
los genéricos androcéntricos por formas neutras, como ser humano, en
lugar de hombre, o la juventud en lugar de los jóvenes,
por ejemplo, para referirse a la especie.
La doctrina lingüística
a) Toda
lengua está al servicio de las necesidades expresivas del hombre, por lo que
ella no sólo posibilita la interacción entre los hablantes de una comunidad,
sino que es depositaria de su visión del mundo, de su pensamiento, de las
diferencias que una determinada sociedad quiere hacer respecto de las relaciones
entre sus miembros y de la cultura en general.
Las
diferencias sociales, las discriminaciones de género específicamente no
van a desaparecer, porque se pretenda terminar en la lengua con las
expresiones que las delatan. Porque de esto se trata: las formas
sexistas existen en un idioma, porque simplemente reflejan el sexismo
existente en la comunidad que lo habla. Pensar lo contrario es
asignarle un carácter mágico al lenguaje, y más de alguien podría
maliciosamente pensar que tratando de forzar el cambio en la lengua se
pretende escamotear el cambio social. De hecho, según más de un autor,
la campaña contra el uso sexista en Estados Unidos sólo benefició a la
elite del momento, ya que, iniciado el movimiento por las interesadas,
fue adoptado y promovido por ciertos políticos que sólo buscaban
popularidad, aparentando sensibilidad ante la población y creando la
ilusión del cambio sin comprometerse en modificaciones fundamentales de
un sistema causante de la desigualdad sexual, en el cual el problema
del idioma es meramente sintomático. Algún cambio lograron no obstante
en el uso del inglés escrito, al reducir ostensiblemente el uso de la
palabra man,
que, por cierto, ha sido más fácil que cambiar las prácticas y actitudes que
subordinan a la mujer. Como dice una socióloga norteamericana: “escribir chairperson es más fácil que pagarle a una chairwoman el sueldo de un chairman”.
Sólo
en un sentido se pudiera aceptar que el lenguaje orienta o influye en nuestra
conducta individual y colectiva, y ello ocurriría con ciertos vocablos que,
aplicados reiteradamente a las personas, terminan por convencerlas, a ellas
y a los demás, de que les corresponden efectivamente, como “Tú eres un bueno
para nada” o “Eres muy inteligente”. Y también con ciertas palabras que han
impuesto durante mucho tiempo una determinada visión del mundo, y que al ser
usadas en ámbitos diferentes del propio inicial –como el vocablo lenguaje, por ejemplo, en la semiología
y la cibernética, o inteligencia, en la tecnología–, impiden a sus usuarios
captar la verdadera naturaleza de los referentes a los que se aplican.
b) El que exista sexismo en el lenguaje, que
lo hay, no significa que haya que ver sexismo en todo el lenguaje. Ya parece
exagerado pretender eliminar la palabra señorita para terminar con
la asimetría señorita / señora // señor, porque aparentemente la primera
sería discriminatoria y ofensiva, ya que para el sector masculino de la oposición
no existe distinción. (¿Cómo nos referiríamos entonces a una niña de 15 años
si no la llamamos señorita?). Se quiere ver discriminación sexual en
la palabra poetisa, en oposición a poeta, por lo cual cierto
sector de la población ha dejado de usarla, pero también en el no uso de jueza o abogada, que es la propuesta de solución inversa. En un caso se rechaza
una distinción sexuada y en el otro se la exige, y por la misma razón. La
contradicción no parece estar en la lengua.
Por otra
parte, en relación con los genéricos androcéntricos, cuando se dice “El hombre
únicamente es feliz cuando se realiza a sí mismo”, con la palabra hombre se incluye a “hombre” y “mujer”, porque no interesa hacer la distinción, como
tampoco interesa hacerla con la palabra día cuando decimos: “Usted
tiene tres días para entregar el informe”, que incluye a “día” y “noche”.
En cambio, sí aparecerá la distinción de género cuando se quiere hacer la
distinción: “No sólo el hombre debe tener acceso a los cargos directivos de
una empresa”, donde no se puede negar que la palabra “hombre”, que está explícita,
se opone a “mujer”, que no lo está. Y lo mismo ocurre con “El solsticio de
invierno corresponde al día más corto del año”, donde “día” se opone a “noche”,
que no se menciona.
Desde el punto de vista semántico, el miembro
no marcado o neutro de una oposición léxica, como día, por ejemplo, ofrece dos valores diferentes: el opositivo, cuando se contrapone a noche,
y el no opositivo o genérico, cuando se suma a noche, es decir, cuando
la oposición se neutraliza, lo cual naturalmente permite mayores posibilidades
expresivas al usuario de la lengua. En este comportamiento sólo vemos un excelente
mecanismo lingüístico (el de las oposiciones inclusivas, como diría
Coseriu, propias de las lenguas, muy distintas de las oposiciones exclusivas de las terminologías y las ciencias) y por ninguna parte una discriminación
sexual. ¿Si en la oposición día / noche no existe, por qué hay que
verla en la oposición hombre / mujer, donde el mecanismo opera exactamente
igual?
Con el
masculino plural con valor genérico (los padres, los alumnos, los médicos...)
ocurre lo mismo, aunque hay que reconocer que el hecho de que esta fórmula
opera sólo cuando se trata del género real y no del arbitrario, es una nueva
concesión al androcentrismo. Lo que no se puede negar, sin embargo, es la
versatilidad del mecanismo que el idioma pone a nuestro servicio. Un sólo
ejemplo, extraído de la prensa (El Diario Austral de Valdivia) y con
subrayado mío, ilustra muy bien el punto; el titular dice: “Niños pintaron
campos de Chile”; la bajada: “Niños y niñas de diferentes lugares del
país parti-ciparon...”; el cuerpo: “Cerca de 800 niños de ambos sexos,
que asisten a escuelas rurales...”.
Todavía
más: aunque la distinción de sexo entre los seres vivos es un hecho objetivo,
al hablante no siempre le interesa hacer la distinción. Por eso no es raro
que, tratándose de animales domésticos, sí le interese el sexo, y entonces
la diferencia la expresará en la lengua, léxicamente o por medio de una marca:
potro/yegua, gato/a, gallo/ina. Pero en muchas lenguas existen
los llamados sustantivos epicenos que se aplican a los animales machos y hembras
de una especie, sin distinción de sexo, porque al usuario no le interesa hacer
tal distinción: la pantera, el gorila, el elefante, la serpiente. Fenómeno
que también ocurre con sustantivos epicenos que se refieren a seres humanos,
como la persona, la guagua, la gente, el individuo.
c) Una lengua es propiedad de todos los que
la hablan y, por tanto, instrumento de expresión y comunicación que puede
y debe reflejar la mentalidad de esa comunidad idiomática. Por eso todos tenemos
derecho –y lo ejercemos inconsciente o conscientemente– a modificar nuestro
idioma, porque es de todos (en cuanto lo hemos heredado de nuestros padres)
y es mío, es decir, de cada uno, cuando alteramos algún sonido, cambiamos
el significado de una palabra, porque la aplicamos mal o no sabemos con certeza
qué significa, generamos un nuevo vocablo por analogía con otros, o empleamos
mal la construcción de una frase. Por eso también el movimiento de las mujeres
de que habla Fempress, o cualquier otro grupo o movimiento, está en su derecho
a hacer cuántas modificaciones quiera en su modo de hablar. Pero a lo que
ciertamente nadie tiene derecho, individual o colectivamente, es a pretender
imponer sus propias innovaciones a los demás miembros de la comunidad idiomática.
Así no funciona la lengua. Felizmente. No es con presión ni con imposiciones
ni con decretos como ciertos usos son abandonados para ser remplazados por
otros. El mecanismo es más natural y esencialmente democrático, porque yo
puedo generar cuántos neologismos quiera, cuando y dondequiera, y aceptar
o no aceptar los de los demás. En general, rechazamos inconscientemente la
gran mayoría de las innovaciones de los otros (de otra forma no lograríamos
entendernos, no tendríamos una lengua común), y sólo tienen éxito los escasos
neologismos que por adopciones sucesivas empiezan a vivir de boca en boca,
porque en ellos hay algo que los hizo atractivos: su forma novedosa, su secuencia
fónica grata al oído, su mayor expresividad, asociadas siempre al prestigio,
en cualquier campo, de quien los emite. De lo contrario, no pasa la prueba
y no se convierte en cambio en la lengua. El proceso suele ser relativamente
largo, y durante un tiempo estarán en pugna las dos normas; la arcaizante
y la innovadora, como suele ocurrir todavía con la presidente que se
suele escuchar junto a la presidenta o la abogado junto a la
abogada, para limitarme al ámbito de nuestro interés.
d) Finalmente, una lengua recoge como innovaciones
aquellos fenómenos que reflejan los cambios que se han producido o se están
produciendo en el seno de la comunidad o sociedad. Las épocas que han marcado
a los pueblos desde el punto de vista sociopolítico, o cultural, siempre dejan
huellas en la lengua de ese pueblo, habitualmente a través del voca-bulario.
Pero también cambios más discretos igualmente repercuten en el idioma: así,
el temprano ingreso en Chile de mujeres a las instituciones formadoras de
profesores, y su incorporación progresiva hasta igualar y luego sobrepasar
el de los hombres, terminó por imponer el uso del sustantivo profesora (después de la profesor, como constaba en los diplomas que inicialmente
se les otorgaba), que forma parte ya estable de nuestro acervo léxico. Y para
el caso de todos los sustantivos referentes a profesiones, oficios y cargos
tal ocurrirá si socialmente ocurre algo similar a lo acontecido con la profesora.
Si a
una sociedad le interesa terminar con la discriminación social injustificada
contra la mujer en relación con su acceso a los puestos de trabajo y a un
salario no discriminado, debe obtener eso con los instrumentos políticos y
sociales y no por medio del lenguaje. Sin embargo, si hoy existen grupos que
luchan por estos cambios, en cualquier nivel de la sociedad, y quieren hablar
de otra manera, tienen todo el derecho a utilizar el idioma, también su idioma,
como les parezca mejor: ellos están haciendo una innovación consciente. Al
resto de la comunidad idiomática, a cada hablante, le corresponderá aceptar
o ignorar esa innovación... y luego de un tiempo se verá si ha triunfado la
norma innovadora o se mantiene la arcaizante. Pero no es un derecho de ellos
ni de nadie pretender obligar a otros a asumir sus innovaciones lingüísticas,
porque la actua-lización del lenguaje, el hablar, como diría Coseriu, es,
por definición, una actividad libre y creadora, no sujeta a
imposiciones externas al lenguaje mismo.